El Mundo de Sandra.

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Sandra Nèlida Pécora Argentina Mujer. Conocida tambièn como La Negra. Se cree que es un extraño personaje escapado de una novela de Garcìa Marquez. Poeta. Se la suele encontrar buscando fantasmas perdidos por Recoleta. O tratando de encontrar aquel verso perfecto en las hojas de los àrboles, en la mirada de algùn niño, en la sonrisa de algùn anciano o en el aroma de algùn pueblito perdido. Sensible, romàntica, apasionada, un poco tràgica y siempre enamorada.
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sábado, 30 de enero de 2010

En la peluquería.




-Es muy duro, sin dudas, ¿me entendés? Yo la conocí muy de chico. Éramos muy chicos los dos. ¿Sabés qué es lo peor? Ver morir a una parte de uno. Es una forma de entender de golpe que uno va a morir…Después fue lo de mis viejos. A mí no se me había muerto nadie y de golpe los tres…ella, primero, mis viejos después…es como haber perdido los pilares. A ver… ¿sabés a qué conclusión llegué? No pensar…no cuestionarse. Vivir y punto. ¡Qué se yo!

Mientras Martín hablaba, los cabellos que iba cortando de Walter caían como la charla, sin prisa. Javier en silencio, lo miraba largamente. Yo creo que se comprendían, en algún punto hablaba por los dos. Lo digo porque los ojos de ambos se nublaban y la atmósfera se enrarecía. Walter solo miraba los reflejos de ambos en el espejo.

-Yo creo en Dios –continuaba Martín- no como quien dice “hay que creer en alguien” ¡No! Yo creo en Dios. Creo lo que Él me dice. No soy fuerte, no te confundás como hacen todos. No. Si pude soportar la larga enfermedad de ella y estos dos años sin ella es por Él, es Dios quien me sostiene. Dios y la música, mirá acá la tengo, es una Fender, cada ratito que tengo sólo, la agarro para tocar. Blues, soy blusero a full…y la música me acompaña y me hace olvidar, por un rato me olvido de todo, no pensar…no pensar…

Javier cambió su posición en la silla como para salir de la especie de trance en la que había entrado, Martín con su monólogo lo había atrapado en una telaraña melancólica. Walter aprovechó que Martín cambiaba de tijeras para llamar por celular a su empleado. Preguntó si había llamado alguien por el auto que una hora antes le habían robado, no se los veía inquieto, porque pagaba el seguro, pero…

-Che, ¡Qué quilombo! – Javier giró su cabeza hacia la tele que trasmitía un noticiero, pasaban imágenes de un terremoto- son señales, sin duda son señales. Pero nadie les da bola… pero nada es casual.

-Nada, nada –asentía Martín- sin ir más lejos te cuento…yo me voy los fines de semana a Cañuelas, al medio del campo viste, ahí tenés que ver a la gente agarrada de los tirantes por los tornados, pero de eso acá no se habla nada… los noticieros no cuentan nada… y son señales, sin duda, algo está pasando… el otro día llovió y se inundó todo, estamos en plena capital, ¡cómo se va a inundar así! Y el viento, ¿viste el viento de anoche? Por eso voy a Cañuelas, allí hablo con gente, de Dios hablo,¡gente que sabe mucho!…hay un pibe de 22 años que no sabés lo que sabe…yo tengo 45, viste, pero nunca me había puesto a pensar sobre esas cosas y me gusta que me hablen…me hace pensar…

Walter aprovechó que Martín se distrajo en detalles hablando y llamó por segunda vez a su empleado, canceló una cita, ordenó que cobraran dos facturas que vencían ese día, porque ahora con lo del auto necesitaría plata, y aprovechó para comentarle que llamaría a la “bruja” para hacerse el mártir por el robo y cancelar la salida a la casa de los suegros de esa noche. Cortó. Llamó a su mujer, voz caída, casi mudo, explicó cómo le habían sacado el auto, que de milagro salvó la vida, que sí, que sí, que gracias a Dios estaba bien, que sólo esperaba llegar a la casa para tirarse en la cama, que no lo podía creer, que si quería hacía el esfuerzo y la acompañaba, que bueno mi amor andá sola, que no se preocupe por él, que la amaba…Cortó. Mejor de lo que esperaba.

-Yo veo señales, sabés, y eso está oculto, nadie explica nada, en el cielo las veo –Javier, señalaba el techo, como si estuvieran al aire libre- tipo 9 de la noche, viste, me pongo a mirar, y todas la noches pasa, nunca fallan, objetos voladores, todos me dicen que son aviones,¡ pero no pueden ser aviones!,-Javier estaba excitado, se le enrojeció la cara y batía las manos al tiempo que hablaba casi sin respirar - se mueven muy rápido, no se ve la lucecita roja que todos tienen, viste, ahí al costado la tiene, todos los aviones las tienen, pero estas luces no, conclusión: ¡no son aviones! y lo peor de todo, a veces zigzaguean y, ¡escuchá bien lo que te digo!, aumentan la intensidad de su luz, luego la disminuyen y desaparecen. -Silencio. Abrió grande sus ojos, miró fijo a Martín. Sigue el silencio. Tomó airé y continuó- la otra noche que de una luz se desprendían otras dos luces y cada una tomaba distintas direcciones, una pal’norte y otra pal´sur. Son señales.

-¡Sin duda! ¡Sin duda! Son señales, viste, es como yo te digo… -Martín emocionadísimo sacudía la nuca de Walter para quitar los últimos cabellos que quedaban pegados – listo Walter, ¿conforme? –preguntaba sin esperar respuesta, mientras jugando con los espejos le mostraba distintos ángulos del corte- por eso como te contaba voy a Cañuelas siempre, ahora tengo que pensar en mí, la soledad es dura, no se como reemplazarla, pero la música, Dios, sólo así puedo seguir…

-Sí, dale pa’delante, hay que estar atento, como dice la Biblia, porque no sabemos ni el día ni la hora, pero se viene…hay señales…se viene…

Javier dejó su silla y se acomodó en el sillón para que Martín le corte el pelo, tenía toda la intensión de seguir la charla, Martín lo preparó y continuó contándole sobre sus nuevas experiencia místicas, Walter, que ya le había agradecido y pagado, tomó su saco, se acercó a la puerta, al llegar se dio vuelta, los saludó a ambos, volvió a girar y pensó “que par de pelotudos” y se fue.


La Negra